viernes, 28 de marzo de 2014

MARES DE SUEÑOS

Nosotros, los que escribimos mares de sueños, realidades efímeras, lugares comunes, e historias de amores y de desamores. Seres que llenan las páginas en blanco de letras con sabor a la tinta de la vida. Somos aquellos que escribiendo buscan encontrar a través de las palabras una frase profunda escondida a través del lenguaje del corazón, un verso con rima o sin rima que ayude a sanar al mundo. Algunos escriben un chiste para hacernos reír sobre la parodia del mundo actual, de nuestras vidas de asfalto y de cemento. Otros escriben sobre el arte de la pasión y el sexo, de la vitalidad de la vida misma. Somos esos que hacemos malabarismos con las letras buscando consuelo en las palabras. Es una manera de sanar nuestro mundo interior, de volvernos hacía ese lugar donde cabe todo y nada a la vez. Entre el vacío y la plenitud, entre la voz del mundo, y el silencio de la vida. Un mundo que dio origen a través de un pensamiento que alguien comenzó a conjurar para convertirnos en actores que representan un papel en este escenario de sociedad edificada y corrompida por el pensamiento.

Somos esas raras aves que con sus alas desplegadas vuelan por encima del mundo, dejando su canto a quién desee escucharlo, cuya belleza se abre como una flor, cuyo canto resuena por toda la tierra, cuyo esplendor está más allá de esos ojos que miran, y de esos sonidos que cantan. Nuestros sonidos se convierten en el canto de la belleza eterna, una belleza que nos lleva de la mano, que nos acaricia cuando escribimos en medio de los charcos, nos arropa en las frías noches de nubes tormentosas, está presente en las sensaciones dolorosas, nos abraza en la soledad, y nos envuelve mientras el cuerpo vomita tinta, cuando la noche nos escribe.  Su presencia anónima, su silente quietud, su belleza penetra incluso el mar de la tristeza y se vislumbra su eternidad cuando comienzan a caer las primeras gotas de lluvia que nos empapa y nos cala con sus emociones. En esa soledad hay un hogar que no está hecho de mundo, ni de la tierra con sus valles, ni de las ciudades con sus rascacielos, ni de nuestra habitación, ni de ventanas o paredes.

Usamos esos versos que la eternidad nos entrega, que la nada nos comunica a través de los sentidos. Una nada nos bombardea a cada instante, dejando sus besos mojados en la tinta. La saliva del misterio, la entrada en lo informe, y nosotros en la forma la vestimos de palabras y de letras de colores. A veces son tonalidades grises, verdes opacos o negros oscuros. En otras realidades, llevan el color de la luz, de la alegría, la ternura de una caricia, la voz de una risa, los colores del arco iris. Rimas, versos, sonetos, chistes, sextuits, tuits, diálogos, nos hablan de algo más allá que existe en nosotros mismos. De lo que siempre se podrá borrar, reescribir, volver a crear, hacer aparecer o desaparecer desde nuestra nada informe que jamás cesa de comunicarse a través de lo aprendido dentro del mundo de la forma. Y aunque esa no sea nuestra verdad, la vida bulle, escribe poesía y baila. Llora a todo pulmón, ríe como loca, gime para liberarse, se busca a sí misma, duda de sí misma, se enfada consigo misma. Y cuando esa vitalidad se duerme, suelta todas las amarras, y no espera ver un nuevo día. Es feliz con su nada, que nada le pide, que nada le exige, que nada se piensa, donde no hay necesidad.


Avatares que escriben, que se emocionan, se abrazan o ríen. Amores que lloran, amigos que se cuentan su vida. Seres que se entristecen, que nos hablan de las injusticias del mundo, que nos enseñan imágenes alegres o tristes. Amores invisibles, cercanos o lejanos. Amores en twitter.

Poesía es la vida. Poesía es la nada, de la nada. Es el arte que nace de un suspiro, de un relato amargo o divertido, del dolor de una pérdida o de un sufrimiento ajeno. Arte que se nos regala desde dentro de ese vacío que está lleno de lo que no es, y sin embargo parece ser. Desde lo infinito donde todo es posibilidad y potencial para ser creado.
Nunca, la realidad está más presente que cuando hacemos arte, escribimos o dibujamos. Y nos dejamos llevar como niños por ese tranvía llamado deseo, los deseos nos llevan a viajar por el mundo de los sentidos. Es un tren cargado de deseos de felicidad, de alegría, de paz, y de libertad. Nos invita a recorrer un mundo que nos parece conocido, y sin embargo nos resulta ajeno a nuestra verdadera naturaleza. Cuando el mundo nos agota, o nos cansa, o nos desilusiona, entonces es cuando tocamos fondo, y en ese abismo, en ese trasfondo nos amanece una realidad transparente y vacía, del color del mar con sus aguas cristalinas, libre, inconmensurable, vasta e infinita, desprovista de materia o de sentido.

 Nuestro ser nos entrega a cada momento eterno su verdad sin adulterar, esa que se convierte en silencio, en soledad, en paz bullendo de sensaciones, en palabras a medio terminar, en mentiras a medio hacer, en letras juguetonas, en haikus demoledores, en gritos silenciosos, en una energía explosiva llena de rabia. Incluso en el bullicio de varias personas hablando, en su silencio sonando, en una tertulia entre amigos, en medio de una situación delicada, en cada paso nos muestra lo que no entra en ninguna imagen. Todo ser siente esa parte de si mismo, íntima y plena desde donde hay una sabiduría innata que lo intuye o lo sabe. Esos ojos que aunque parecen ver muchas cosas, ese cuerpo que parece sentirlo todo, hay en ellos algo que está fuera del sueño observando tranquilamente como pasan todas las sensaciones del mundo. A su paso nos deja una verdad que conmueve al corazón y nos vuelve vulnerables. Lo que vemos nos conmueve, sabemos que no venimos de este mundo, ni somos eso. Como lanzados a la piscina, intentamos nadar como podemos, buceamos, intentamos mantenernos a salvo y en la superficie, nos agarramos a la barandilla con la esperanza de no hundirnos. Nos mantenemos a flote cuando vamos soltando todos nuestros miedos, y sin querer llega un día en que te das cuenta de que jamás tenías que tener miedo por ahogarte.

 Detrás de la mirada todo disfraz cabe en ella, se puede llenar de cosas, de formas cambiantes o efímeras, de edificios cuadriculados, de carreteras en forma de serpiente, de televisiones, de números y señales de tráfico. Y sin embargo el ser es limpio, puro, perfecto y diáfano. Oculto, se le puede ver en la sonrisa de un niño, en el abrazo del anciano, en la inocencia del que respira, en el dolor del moribundo, en las risas del grupo de amigos, en un ramo de rosas, en el pájaro que vuela, y en el gato que maúlla, o el can que ladra. Lo informe en la forma se viste de imágenes efímeras, como burbujas que salen a a la superficie de su propio mar interno. Todo bulle dentro de si. A pesar de que no necesita nada, vive aparente en un mundo de sueños. Seres que escriben desde su absoluta pobreza, y absoluta abundancia.

.No tengo nada mío aquí, te entrego lo único que tengo-dijo mi amigo. Mi sonrisa y alegría, mi gozo, mi eternidad y mi belleza es lo único que me pertenece. No tengo ningún cuerpo que me pertenezca esto es sólo un cuerpo siendo, aunque estos pensamientos son prestados, los uso, aunque no sean del todo, míos. Te entrego lo único que tengo: Mi abrazo, mi amor, mi paz, mi alegría, mi pureza y belleza. No me mires el cuerpo, no soy eso, no juzgues mi voz, por qué sólo es prestada, ni siquiera las acciones que parezco estar realizando en el mundo. Ni siquiera lo que escribo, me pertenece, pero sé hacerlo aparecer y desaparecer. Ni siquiera un pedazo de tierra es mío, ni este teclado, ni estas palabras. Sólo soy libertad, la libertad de ser nadie en medio de la nada, la libertad de ser alegría sin causa, la libertad de la sabiduría sin necesidad de pensar, la libertad de no ser mundo, ni vida ni muerte, nada me pertenece aquí, y eso es libertad. Libertad para jugar a realizar castillos de arena y derrumbarlos si hay ese deseo en mí.  Libertad para equivocarme o acertar y no por eso ser un pecador. Libertad para ser sin necesidad de ninguna etiqueta. Libertad para escribirte esto, y que no signifique nada, sólo porque sí, sólo por jugar, sólo porque quiero hacerlo. Donde no hay leyes, ni restricciones, ni mandatos, ni castigos. Ni infiernos ni cielos. Ni santos ni pecadores. Donde la vida con su sabiduría ya se mueve sabiendo muy bien que hacer, y sabe muy bien cómo no hacer daño, y no tiene ninguna necesidad de ser algo o alguien. Sólo porque me quiero subir al carrusel y jugar a divertirme un rato.